CUARESMA

Empieza la Cuaresma, un itinerario de esperanza que tiene su culmen en la celebración de la Pascua.

Cruz de madera bajo un cielo azul

La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión que nos introduce, de manera personal y comunitaria, a la gran fiesta de la Pascua. Su objetivo más importante: ayudarnos a seguir a Jesucristo hasta Jerusalén, para con Él celebrar su donación de amor extremo a la humanidad por medio de su pasión, muerte y resurrección.

El Concilio Vaticano II (cfr. SC 109) ha señalado que la Cuaresma posee una doble dimensión, bautismal y penitencial, y ha subrayado su carácter de tiempo de preparación para la Pascua en un clima de atenta escucha a la Palabra de Dios y oración incesante. Se trata de un catecumenado actualizado aquí y ahora.

El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa penitencia. No se proclaman ni el Gloria ni el Aleluya ni se tocan las campanas. Los cantos son apropiados y los adornos austeros. Pero no es un tiempo de tristeza, la esperanza de la Resurrección ilumina el camino cuaresmal.

Es el “gran retiro de la Iglesia” (experiencia de desierto); un espacio de oración, reflexión, discernimiento, arrepentimiento, penitencia, solidaridad con el pueblo que sufre, crecimiento espiritual y renovación misionera. En particular, se nos invita a la interiorización silenciosa, cosa que pocas veces hacemos, con valentía y sin miedo, que entorpecen nuestra respuesta al amor de Dios y frena nuestro compromiso hacia el prójimo que nos necesita; para tomar conciencia que nos pertenecemos unos a otros.

40 días

La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de Ceniza (después del domingo que prosigue a la primera luna llena del equinoccio de primavera) y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo.

La duración de la Cuaresma está basada en el simbolismo del número cuarenta en la Biblia. En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio, los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto antes de ingresar a la Tierra Prometida, los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña de Yahvé, los cuarenta días empleados por Jonás en Nínive para alcanzar la penitencia y el perdón, sobre todo el número de días que pasó Jesús en el desierto – en combate contra el maligno – antes de iniciar su vida pública (cfr. Mt 4,1-13).

La Ceniza nos abre la puerta

La ceniza es producto de la combustión de algo por el fuego. La imposición de ceniza en la frente (fruto de la cremación de las palmas del año pasado) se hace como respuesta a la Palabra de Dios que nos invita a una vida nueva, como inicio de la marcha hacia la Pascua. La Cuaresma empieza con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros – el hombre viejo – para dar lugar a la novedad de la persona transfigurada en Cristo.

Tumba vacía iluminada, símbolo de la Resurrección

Con los imperativos: “Conviértete y Cree en el Evangelio” (cfr. Mc1,15) y “Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás”(cfr. Gn 3,19), asumimos el Evangelio como guía de nuestra vida y caemos en cuenta de la caducidad de la vida humana sujeta a la muerte.

La Conversión al centro

Este tiempo puede ser resumido en una sola palabra: “metanoia”, es decir “conversión profunda y completa”. Decía el papa san Juan Pablo II: “Todos debemos convertirnos cada día”. Ella eleva nuestras mentes a la realidad eterna que no pasa jamás, a Dios: alfa y omega de nuestra existencia. La conversión no es, en efecto, sino un volver a Dios. Sabemos que la conversión es una exigencia fundamental del Evangelio, lo que significa retornar al seguimiento de Jesús, renovar nuestra vocación – volver al primer amor – con mayor ahínco y fidelidad.

En fin, convertirse quiere decir eliminar los obstáculos que se interponen entre Él y nosotros – pecado y mediocridad – para permitir que Su vida se instaure en nuestra vida (configuración con Cristo) … Volver a su proyecto de amor, analizando la propia conducta para conocer en qué estamos fallando. Descubrir cuál es nuestro defecto dominante e ir a las causas, y tomar la determinación de luchar contra éste. Concretar un plan de conversión sincero, realista, práctico y propositivo.

El Sacramento de la Reconciliación es el gran don de la Cuaresma

El perdón de Dios, incondicional y gratuito es la más hermosa experiencia de la bondad infinita de Dios hacia nosotros. Nuestro Dios es el Padre/Madre misericordioso que se encuentra con los brazos abiertos esperando la vuelta a casa del hijo e hija prodigo que ha malgastado con su mala vida el tesoro de familia que se llevó de su casa (cfr. Lc 15,11-32). Ésta es la hora propicia, el kairós de la gracia, para llevar a cabo una confesión sacramental preparada y de corazón. La Cuaresma es por excelencia el tiempo de la liberación de todo lo que nos esclaviza o deshumaniza y de la reconciliación fraterna.

En Cuaresma, aprendemos a morir a nuestro ego (éxodo hacia la libertad) y abrazamos la Cruz de Jesucristo, prenda de salvación que nos humaniza, con la alegría que nos regala el Resucitado.

Oración de abandono desde la Palabra de Dios

Lo primero en la cuaresma no es la mortificación sino la oración porque sin oración somos incapaces de convertirnos con autenticidad.

Cáliz y pan, símbolos de la Eucaristía

Aprovechar estos días para orar nuestra vida y los acontecimientos de la historia, para platicar con Dios, para decirle que lo amamos y que queremos siempre estar con Él. Busquemos en la Biblia textos que motiven nuestro encuentro con Él, la Palabra Sagrada nos nutre y es “lámpara para nuestros pasos” (cfr. Sal 119,105). La oración es un “trato de amistad con quien sabemos que nos ama” (santa Teresa), es “verlo y dejarse ver por Él” (santo Cura de Ars). Si el creyente ingresa en este diálogo íntimo con el Señor, deja que la gracia divina penetre su corazón a semejanza de la Virgen María, y se abre a la acción del Espíritu Santo para responder con un Sí libre y generoso a la voluntad de Dios (cfr. Lc 1,38). Así mismo la Eucaristía, interiorizada con fe, se nos manifiesta como fuente, centro y culmen de nuestra vida cristiana.

Sacrificio, Abstinencia, Ayuno, Limosna

La palabra sacrificio viene del latín sacrum-facere, que significa “hacer sagrado”. Entonces, sacrificarnos es ofrecernos a Dios por amor. Hacer sacrificio es poner el amor al centro de nuestra vida y todo lo demás en segundo término.

Actualmente, el Miércoles de Ceniza es día de ayuno y abstinencia; los viernes de Cuaresma se observa la abstinencia de carne. El Viernes Santo también se viven el ayuno y la abstinencia. Además de la importancia del hecho externo, se nos pide “ayunar” – sin exhibicionismo (cfr. Mt 6,1-18) – de hacer el mal o de ofender y en cambio practicar el cariño y la solidaridad con los cercanos y con los que carecen de lo mínimo para una vida digna.

La limosna nos libera del apego al dios dinero y del poseer ambicioso que nos destruye, ambos tan arraigados en nuestra mentalidad moderna. El “dar limosna” recupera la dimensión comunitaria-eclesial que hemos perdido y nos empeña en la construcción de un mundo más justo. Nos lo recuerda san León Magno: “Estos días cuaresmales nos invitan de manera apremiante al ejercicio de la caridad; si deseamos llegar a la Pascua santificados en nuestro ser, debemos poner un interés especialísimo en la adquisición de esta virtud, que contiene en si a las demás y cubre multitud de pecados”.

Procesión de Cuaresma con túnicas moradas y alfombra

Estas prácticas cuaresmales deben ser un compromiso de santidad (cfr. Mt 5,48) en la vida ordinaria, a través de los pequeños detalles cotidianos llenos de amor, actos concretos en lugar de muchas palabras, un estilo de vida en sencillez evangélica que comparte y contagia por su alegría y paz.

Con María nuestra Madre

La Cuaresma cristiana es esencialmente mariana. La Virgen María con su Sí ha hecho posible la encarnación del Hijo de Dios. Ella nos lleva a Cristo. Ella es Iglesia con nosotros, la primera entre los creyentes. Ella es una de nuestra raza, por eso entiende nuestros anhelos y sufrimientos. Ella nos enseña a ser fieles hasta la Cruz y acompaña a la Iglesia Misionera en el cenáculo de Pentecostés. Ella siempre nos repite: “hagan lo que Él les diga”. Ella camina a nuestro lado en nuestro caminar cuaresmal.

Profesora Lidia Elizabeth Túchez Chupina